En el hotel
De escritura automática estaba hasta la coronilla. No había conciencia. El escritor, el protagonista de esa historia, se preguntaba -en el instante en que un relámpago hizo temblar el cristal del la ventana de la habitación dónde él se hospedaba,- cuales serían las sensaciones experimentadas por un mayordomo.
El escritor quería incluir en el relato en el que estaba trabajando la figura del mayordomo; de primeras, no iba con ningún alter ego del autor (esto no lo podía asegurar). Verle sometido, en casos extremos, era verlo obedecer como un perro, solo a las órdenes de sus dos seres queridos, su mujer y su hijo.
Su oficio era el de mayordomo, o el de escritor, o así se lo imaginaba él. Despreciaba en cierto sentido un ser sometido a las órdenes de otras personas, proyecciones, no por eso mejores que él. Era difícil. Lo comprendía, necesitaba retroceder en recuerdos ordenados y explicar bien su historia, como había llegado a tal paradoja, de escribir, servir, y no saber realmente quién era.
La tormenta empezaba a enmudecer. Unas réplicas de Gauguin decoraban la sala dormitorio. Era un momento en el que se sentía un poco infantil por querer acaparar la atención, violento, era el mayordomo, y su ejercicio, si se quería realizar bien, requería moderación, sosiego y lealtad.

mery dijo
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12 Abril 2010 | 12:56 AM